No Logo: Por un mundo sin marcas

28 de julio del 2001

No Logo: Por un mundo sin marcas

Naomi Klein
Masiosare

Cuatro años antes de las protestas de Seattle, Naomi Klein comenzó a recorrer el mundo en busca de las claves de ese "sistema de información, de protesta y de planificación, en su mayor parte subterráneo pero ya lleno de actividades e ideas, que se extiende por encima de las fronteras y que ya abarca varias generaciones". Hoy, las agencias noticiosas llaman a eso "las protestas de los globalifóbicos". El peregrinar de Klein se tradujo en No Logo, un libro que ha vendido más de 400 mil ejemplares y que para el año próximo habrá sido publicado en 15 idiomas. El libro es texto de cabecera, claro está, de los jóvenes politizados, pero también de los empleados del otro personaje central de la obra: los "monstruos corporativos" que se han unido para imponer "un gobierno planetario de facto".Aquí presentamos, en exclusiva, un adelanto del libro.

Yakarta. "Pregúntele qué fabrica, qué dice la etiqueta. ¿Conoce la palabra etiqueta?", dije, alzando la cabeza y retorciéndome el cuello de la camisa. Estas trabajadoras indonesias se han acostumbrado a recibir personas como yo, extranjeros que vienen a hablarles sobre las espantosas condiciones que reinan en las fábricas donde cortan, cosen y pegan telas para empresas multinacionales como Nike, The Gap y Liz Claiborne. Pero no tienen ningún parecido con las obreras textiles jubiladas que solía encontrar en el ascensor, en mi patria. Aquí todas son jóvenes; algunas no tienen más de 15 años, y sólo unas pocas superan los 21.

Este día preciso de agosto de 1997 las espantosas condiciones en cuestión han provocado una huelga en la fábrica de vestidos Kaho Indah Citra, en las afueras de Yakarta. El problema de las obreras de Kaho, que ganan el equivalente a dos dólares diarios, es que las obligan a hacer muchas horas extras todos los días, pero no les pagan lo que manda la ley. Después de tres días de inactividad, la empresa les ofreció un compromiso típico de la región: no sería obligatorio hacer horas extras, pero la paga seguiría siendo inferior a lo legal. Las 2 mil trabajadoras volvieron a las máquinas de coser excepto 101 jóvenes que, según dictaminó la patronal, habían sido las organizadoras de la huelga. "Hasta ahora, nuestra situación no se ha resuelto", me dijo una de ellas, llena de frustración.

La entendí muy bien, pero siendo extranjera y occidental, quise saber qué marca de ropas hacían en la fábrica de Kaho; si quería difundir aquel caso en mi país, era necesario encontrar algún gancho. En ese momento éramos 10 personas reunidas en un sótano de cemento apenas más grande que una cabina telefónica, dedicadas a hacer chistes sobre el movimiento sindical.

-Esta empresa fabrica mangas largas para las estaciones frías -informó una obrera.

-¿Jerséis? -aventuré.

-Creo que no. Si vas a salir y es invierno, tienes que ponerte un…

-¡Un abrigo! -adiviné.

-Pero grueso no. Ligero.

-¡Chaquetas!

-Sí, son como chaquetas, pero largas.

Es fácil entender aquella confusión; en los trópicos los abrigos no son necesarios, por lo que no figuran en el vocabulario ni en los roperos. Y sin embargo, cada vez hay más canadienses que no pasan sus fríos inviernos con abrigos hechos por las tenaces costureras de la avenida Spadina (calle en el viejo distrito textil en Toronto), sino por jóvenes asiáticas que trabajan en climas cálidos como este. En 1997, Canadá importó anoraks y chaquetas de esquí de Indonesia por valor de 11.7 millones de dólares, 4.7 millones más que en 1993. Eso ya lo sabía. Pero todavía no me había enterado de la marca de los abrigos largos que fabricaban las obreras de Kaho antes de ser despedidas.

-Ah, largos. ¿Y de qué marca?

Susurraron entre sí y finalmente dijeron: "London Fog".

Una casualidad de la globalización, supongo. Iba a contarles que el edificio donde vivo en Toronto es una antigua fábrica de abrigos London Fog, pero me callé la boca cuando advertí que la idea de que alguien viviera en una fábrica de ropa las asustaba. En esta parte del mundo, todos los años mueren cientos de trabajadores que duermen encima de sus talleres, a través de los cuales es imposible escapar en caso de incendio.

(…)

Por lo general los informes sobre la red mundial de logos y de productos se presentan envueltos en la retórica triunfal del marketing de la aldea global, un sitio increíble donde los salvajes de las selvas más remotas manejan ordenadores, donde las abuelitas sicilianas hacen negocios por medio de la electrónica y los "adolescentes globales" comparten "una cultura global", para repetir la frase de la página de Internet de Levi Strauss. Desde Coca Cola hasta McDonald’s y Motorola, todas las empresas organizan sus estrategias de marketing según esta visión posnacional; pero la campaña que con más acierto capta la promesa igualitaria del planeta unido por las marcas es: "Soluciones para un pequeño planeta", de IBM.

El interés que ha despertado esta versión eufórica de la globalización no ha tardado en desvanecerse, y las grietas y las fisuras ocultas tras su brillante fachada han quedado al descubierto. Durante los últimos cuatro años, los occidentales hemos comenzado a ver otro tipo de aldea global, donde la desigualdad económica se ensancha y las oportunidades culturales se estrechan.

Es la aldea donde algunas multinacionales, lejos de nivelar el juego global con empleos y tecnología para todo el mundo, están carcomiendo los países más pobres y atrasados del mundo para acumular beneficios inimaginables. Es la aldea donde vive Bill Gates y amasa una fortuna de 55 mil millones de dólares mientras la tercera parte de sus empleados están clasificados como temporales, y donde la competencia queda incorporada al monolito de Microsoft o se hunde en la obsolescencia por obra de la última hazaña de creación de software.

Es la aldea donde estamos mutuamente conectados por una red de marcas, pero el revés consiste en arrabales como los que vi en Yakarta. IBM sostiene que su tecnología está presente en todo el mundo, y es verdad; pero con frecuencia esa presencia significa que los obreros mal pagados del Tercer Mundo fabrican los microcircuitos de ordenador y las baterías que mueven nuestros aparatos. En las afueras de Manila, por ejemplo, conocí a una muchacha de 17 años que ensambla unidades de CD-ROM de IBM. Le dije cuánto me sorprendía que alguien tan joven pudiera realizar este trabajo de alta tecnología. "Nosotros hacemos los ordenadores ?me dijo?, pero no sabemos manejarlos". Después de todo, parece que nuestro planeta no es tan pequeño.

Sería ingenuo pensar que los consumidores occidentales no se han beneficiado con las diferencias que hay en el mundo desde los primeros días del colonialismo. El Tercer Mundo, según dicen, siempre ha existido para mayor comodidad del primero. Lo nuevo, sin embargo, es el interés por investigar los lugares de origen de los artículos de marca, que son lugares donde las marcas no existen. Así se ha descubierto que el origen de las zapatillas Nike son los infames talleres de Vietnam; el de las ropitas de la muñeca Barbie, el trabajo de los niños de Sumatra; el de los cafés capuchinos de Starbuck en los cafetales ardientes de Guatemala y el del petróleo de Shell en las miserables aldeas del delta del Níger.

* * *

No debe pensarse que No logo pretenda ser un título literal, ni un logo del post-logo (pues según me dicen ya existe una marca de ropa llamada No Logo). En realidad, se trata de un intento de reflejar la actitud de rechazo a las grandes empresas que veo nacer en muchos jóvenes politizados.

Este libro se basa en una hipótesis sencilla: que a medida que los secretos que yacen detrás de la red mundial de las marcas sean conocidos por una cantidad cada vez mayor de personas, su exasperación provocará la gran conmoción política del futuro, que consistirá en una vasta ola de rechazo frontal a las empresas trasnacionales, y especialmente aquellas cuyas marcas son más conocidas.

Sin embargo, debo advertir que este no es un libro profético, sino de observaciones de primera mano. Constituye un examen de un sistema de información, de protesta y de planificación, en su mayor parte subterráneo pero ya lleno de actividades e ideas, que se extiende por encima de las fronteras y que ya abarca varias generaciones.

Hace cuatro años, cuando comencé a escribir este libro, mis hipótesis se basaban sobre todo en intuiciones. Había hecho algunas investigaciones en los ambientes universitarios y descubierto que muchos de los estudiantes que conocía se sentían preocupados por la intrusión de las empresas privadas en las escuelas públicas. Les ofendían los anuncios que comenzaban a insinuarse en las cafeterías, en los espacios comunes y hasta en los lavabos; no les gustaba que sus escuelas firmaran contratos para la distribución exclusiva de bebidas sin alcohol o con fabricantes de ordenadores, ni que los estudios universitarios comenzaran a parecerse cada vez más a investigaciones de mercado.

Les preocupaba que el nivel de enseñanza se redujera porque se daba prioridad a los programas que mejor permitían integrarse en el sector privado. También planteaban graves objeciones éticas contra las prácticas de algunas empresas con las que sus universidades se asociaban, y no tanto por sus actividades en las universidades mismas, sino por lo que hacían en el extranjero, en países como Birmania, Indonesia y Nigeria.

Hacía pocos años que había egresado de la universidad, de modo que sabía que en ellas se había producido un cambio de intereses políticos: cinco años antes, los temas que nos preocupaban eran la discriminación racial, la identidad étnica, el género y la sexualidad, "las guerras de lo políticamente correcto". Ahora estos temas se habían ampliado y habían incorporado el poder de las grandes empresas, los derechos de los trabajadores y un análisis relativamente desarrollado de los procesos de la economía mundial. Es verdad que estos estudiantes no son la mayoría de su grupo demográfico; de hecho, el movimiento surge de una minoría, como todos los procesos políticos, pero de una minoría cada vez más importante. Para decirlo sencillamente, la oposición a las multinacionales es el tema que va a seducir la imaginación de la próxima generación de rebeldes y de perturbadores, y sólo necesitamos recordar a los estudiantes radicales de 1960 y a las luchas por la identidad de las décadas de 1980 y 1990 para imaginar la gran transformación que se puede producir.

(…)

Los logos, por la fuerza de su ubicuidad, se han convertido en lo más parecido que tenemos a un idioma internacional, y se los reconoce y comprende en muchos idiomas más que en el inglés. Ahora, los activistas pueden destruir esta red de logos en su calidad de espías-arañas (imagen adecuada para activistas que utilizan la red de Internet. N de la R.), intercambiando información sobre sus prácticas laborales, sus vertidos tóxicos, su crueldad con los animales y su impúdico marketing, que se extiende a todo el mundo.

Estoy persuadida de que es en esta red de vínculos globales donde los ciudadanos del mundo terminarán por encontrar soluciones sostenibles para este planeta vendido en subasta.

No sostengo que mi libro logrará abarcar todo el programa de un movimiento mundial que aún está en pañales. Lo que he intentado ha sido detectar las primeras fases de la resistencia y plantear algunas preguntas básicas. ¿Cuáles son las condiciones que han provocado la reacción? Los ataques contra las más prósperas empresas multinacionales aumentan cada vez más, ya se trate de la tarta que alguien arroja a Bill Gates a la cara o los incesantes chistes sobre Nike. ¿Cuáles son las fuerzas que impelen a una creciente cantidad de personas a desconfiar de las multinacionales o a enfrentarse abiertamente con ellas, que son el motor mismo del crecimiento mundial? Para hacer una pregunta todavía más impertinente: ¿qué es lo que anima a tanta gente -y en especial a los jóvenes- a dar libre curso a esa ira y a esa sospecha?

Estas preguntas pueden parecer obvias, y algunas de sus respuestas lo son. Se dice que las grandes empresas han adquirido tanto poder que se han hecho más fuertes que los gobiernos. Que, a diferencia de ellos, no tienen que rendir cuentas más que a los accionistas; que carecemos de mecanismos para obligarlas a responder ante el público en general. Se han escrito muchos y muy completos libros sobre el ascendiente de lo que se ha llegado a llamar "el gobierno de las empresas", muchos de los cuales me han demostrado ser inestimables para comprender la economía mundial.

Pero este libro no es una exposición más del poder de un grupo selecto de monstruos corporativos que se han unido para constituir un gobierno planetario de facto, sino un intento de analizar y documentar las fuerzas que se oponen a ese dominio y de explicar el particular conjunto de condiciones culturales y económicas que hacen inevitable la lucha contra él.

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