Cómo la estructura ritual del noticiero de televisión formatea nuestras mentes

04-10-2007

Un análisis de los informativos franceses

Cómo la estructura ritual del noticiero de televisión formatea nuestras mentes

Pierre Mellet
Red Voltaire

El noticiero de televisión es el corazón de la información
contemporánea. Este espacio, que hoy constituye la principal fuente de
información de una gran parte de los franceses, comenzó siendo, en la
Francia de 1949, un simple subproducto conformado con imágenes que la
casa Gaumont y las Actualités Françaises no habían querido proyectar en
las salas cinematográficas. Fue, al principio, un simple desfile de
imágenes acompañadas de un comentario sonoro. El «presentador» no se
sentó ante el telespectador hasta 1954, cuando el noticiero televisivo
fijó su horario, a las 20 horas, o sea las 8 p.m. A partir de entonces,
la puesta en escena del noticiero de televisión se ha ido incrementando
constantemente durante todos estos años mientras que la información ha
quedado marginada –si alguna vez estuvo realmente presente– para
convertir este teatro no ya en un noticiero sino en un espectáculo
ritualizado, en una ceremonia litúrgica. La función del noticiero de
las 8 p.m. no es informar, en el sentido de establecer un esfuerzo de
comprensión de mundo, sino divertir a los telespectadores, al tiempo
que les recuerda aquello que deben saber.

El
siguiente análisis se basa en los dos principales noticieros
televisivos que se transmiten en Francia a la 8 p.m., el del canal TFI
y el de France 2, pero puede, en muchos aspectos, tener muchas
similitudes con los noticieros de televisión de otros países,
principalmente en «Occidente».El contexto

Con
su horario de las 8 p.m., el noticiero de televisión se ha convertido,
como lo fue la misa en su época, en la cita de toda la sociedad (aunque
cada uno está en su casa). Se trata, paradójicamente, de un espacio
esencial de socialización. Cada cual descubre cada noche el mundo en el
que vive, y puede a partir de ese momento hablarle de ese mundo a
quienes le rodean, discutir sobre los temas del momento con seguridad
en cuanto a la importancia de estos, por el hecho mismo de que fueron
mencionados en «el noticiero de televisión». Todo está montado,
preparado de antemano, como un ritual religioso: el horario fijo, la
duración (unos 40 minutos), el presentador-sacerdote inamovible, o casi
inamovible, el tono incómodo, serio, distante, casi objetivo, pero
nunca verdaderamente neutro, las imágenes seleccionadas, el orden
jerárquico de las noticias. Como en todo ritual, lo mismo vuelve
permanentemente, y se integra alrededor de una aparente evolución
cotidiana. En los mismos horarios se anuncian las mismas historias,
contadas por los mismos reportajes, introducidas y comentadas con las
mismas palabras, poniendo en pantalla a los mismos personajes,
ilustradas con las mismas imágenes. Se trata de un ciclo sin fin y sin
fondo.

En la apertura, la
presentación introduce una música abstracta que sugiere la mezcla del
tiempo que pasa, la precipitación de los hechos, y una forma de
intemporal necesaria en toda ceremonia mística. Mientras se oye la
música, un globo antecede a la aparición del presentador, o un
travelling hacia éste último lo pasar de la sombra a la luz. Todo
sucede como si nos fueran a revelar la verdad del mundo.

El
presentador hace el papel de guía y de autentificador. Personaje
principal y trascendental, el presentador está en el centro mismo del
dispositivo de credibilidad del noticiero de las 8 p.m. La noticia nos
llega a través de él, también es él quien la legitima, le confiere
importancia y la da como «verdadera». Es también el presentador quien
puede tranquilizar al telespectador: si el mundo va mal y parece
completamente indescifrable, el presentador es «el que sabe» y el que
nos lo puede explicar.

(En otros
casos, los presentadores son dos. La relación con el telespectador se
hace entonces muchos menos profesoral y paternalista, pero más parecida
a la conversación, y puede parecer más frívola. Claro está, no
tendremos nunca dos presentadores, o dos presentadoras, sino siempre un
dúo heterosexual. El asunto es no asustar a la representación de la
familia burguesa cristiana. Como ese tipo de puesta en escena resulta
poco frecuente en Francia, no abundaremos en ese sentido).Credibilidad e información

«Señoras y señores, veamos los titulares de la actualidad de este lunes 6 de agosto»,
nos dice el presentador al principio de cada noticiero. Por
consiguiente, no se trata de un sumario, de una selección que la
redacción ha hecho entre la información del día, sino de los «titulares
de la actualidad», o sea que se trata precisamente de lo que hay que saber sobre el mundo en este día. No hay nada que entender, el «periodismo» no busca más que enseñarnos el mundo [en el sentido de aprender]. El presentador no da ninguna clave, él no descifra nada, solamente nos dice lo que es. No se nos presenta una «visión» de la actualidad sino la Actualidad misma.

A
partir de ahí, lo importante para el presentador es «aparentar». Su
credibilidad no está basada en su calidad de periodista sino en su
carisma, en la empatía que logra crear, en su manera de tranquilizar y
su apariencia de hombre honesto e inteligente. David Pujadas puede
perfectamente anunciar que Alain Juppé se retira de la vida política y
Patrick Poivre d’Arvor nos puede presentar una falsa entrevista de
Fidel Castro [El autor menciona aquí dos incidentes que realmente
sucedieron. Nota del Traductor.]. A pesar de ello, los mantienen en el
mismo puesto, con el apoyo de sus superiores, y sin perder por ello su
estatus como «periodista» [1]
ni su credibilidad ante el público. Todo sucede como si las noticias
que nos entregan finalmente no tuvieran importancia. La noticia está
ahí únicamente para justificar el ritual, como la lectura de los Evangelios
en la misa, sin ser nunca la razón central, el núcleo, que en realidad
está siempre en otra parte, en la repetición constante de las consignas
morales, políticas y económicas del momento. «Este es el Bien, este es
el Mal», nos dice el presentador.

La
jerarquía de la información es por tanto inexistente. Aunque una de las
primeras cosas que se hace en todo «diario» es determinar los temas que
parecen más importantes para tratar de establecer un desarrollo
(específico en cada redacción) de la información en orden decreciente,
de lo importante a lo insignificante, en el noticiero no es así, ni en
lo más mínimo. Nos llevan de los restos mortales del cardenal Lustiger
al accidente de la Feria des Loges, y después viene el desenlace del
caso del secuestro del pequeño Alexandre en la isla de la Reunión,
seguido del suicidio de un agricultor ante las acciones de los
militantes antiOGM, para pasar después al subsidio de inicio del curso
escolar, a la espeleóloga belga atrapada en una cueva, la campaña
electoral antiestadounidense entre los demócratas, la intervención de
Reporteros Sin Fronteras que denuncia la falta de libertad de expresión
en China, la propia China como destino turístico, el despido de Laure
Manaudou, un accidente durante una carrera en Estados Unidos, el
festival Fiesta de Sete, el fallecimiento del periodista Henri Amouroux
y, para terminar, el del barón Elie de Rothschild [2].
No existe ni la más mínima coherencia, en ningún momento. Los temas
parecen haber sido escogidos únicamente en función de su
insignificancia casi generalizada, o de su aparente insignificancia.
Todo aparece mezclado, amor y odio, risas y llantos, la empatía se
mezcla con la grandilocuencia, las imágenes espectaculares o risibles
con los dramas patéticos, y la omnipresencia de la fatalidad nos
recuerda constantemente el predominio de la muerte sobre la vida.El reportaje

Después
de los «titulares» anunciados, el presentador pasa a la introducción
del reportaje. El reportaje es el ejemplo que nos demuestra lo que el
presentador nos dice. En efecto, todo lo que será dicho y demostrado en
el reportaje aparece ya en la introducción del mismo. El presentador
resume constantemente, en vez de limitarse –como debiera hacerlo– a
presentar. Esto crea una redundancia. Lo que ya se ha dicho una vez en
forma de introducción se repite después sistemáticamente en el
reportaje. Se enuncian las mismas informaciones, resumidas la primera
vez y la segunda alargadas para la elaboración de la historia que se
cuenta. El reportaje agrega muy poco a lo ya dicho por el presentador,
no hace más que desarrollar los detalles anodinos que sirven de
contrapeso a «la objetividad» del presentador creando el
«acercamiento». A los elementos iniciales, mencionados en la
introducción, se agregan después en la historia los detallitos
románticos necesarios para concretar su enseñanza lúdica.

El
reportaje se compone de dos cosas: la imagen y el comentario de la
imagen. Si quitamos el sonido, la imagen pierde todo su significado.
Todo tendría que estar basado en la imagen, pero lo que se produce en
la televisión es precisamente lo contrario: el comentario nos cuenta lo
que la imagen no hace más que ilustrar. Esta última está ahí solamente
para realzar el comentario. Es una sucesión de paisajes similares, de
rostros y gestos intercambiables, pegados uno detrás del otro y sin
vínculo alguno entre sí. En la televisión, la imagen sólo sirve para
justificar el comentario, para autentificarlo. La imagen permite que el
comentario parezca «verdad». Y se lo permite precisamente porque, al no
decir nada la imagen por sí misma, el comentario la transforma en
aquello que nos dice el comentario. Y es ahí precisamente donde reside
el verdadero peligro de este medio. Al tener la imagen una fuerza de
convicción muy importante, es más fácil convencer cuando, luego de
haber despojado la imagen de todo su sentido, usted la convierte en
prueba que autentifica el discurso. A partir de ahí, todo se basa en el
comentario, y en el carácter creíble de la historia que nos van a
contar.

«En el reportaje, señala el antropólogo Stephane Breton, el
comentario es lo que nos soplan desde los bastidores, ese submundo
prohibido al telespectador (…) y del que brota, como una revelación, un
sentido que se impone a la imagen. La significación no aparece en la
escena sino fuera de ella, cuando la dice alguien que sabe»
 [3].
El periodista no aparece sino muy raramente, al final del reportaje.
Oímos, por tanto, una voz despersonificada. Se trata de una palabra
divina que se nos impone para explicarnos aquello que no entenderíamos
mirando solamente las imágenes. Al no haber interlocutor, no hay
contradicción. El reportaje es como un hilo que se desenrolla siguiendo
una lógica propia, la que el periodista quiere que nos aprendamos,
aquella en la que los «testigos» aparecen uno detrás de otro únicamente
para acreditar la palabra que de todas maneras ya nos dijo lo que ellos
han de explicarnos. Lo mismo sucede con la introducción, la redundancia
es constante en el reportaje. Todo «testigo» es presentado no según su
función, ni con el objetivo de justificar su lugar en el reportaje en
ese preciso momento, sino en dependencia de lo que va a decirnos. Y la
palabra del «testigo» acredita el comentario dando un punto de vista
necesariamente «verdadero». «Si él lo dice, así debe ser». Y muy a
menudo, el «testigo» no tiene absolutamente nada que decir, pero de
todas maneras lo dice porque el periodista tiene que dar prueba de su
objetividad y de la autenticidad de su reportaje, de su investigación,
demostrando que realmente estuvo en el lugar y que por tanto puede
hacer que veamos lo que es.

El
reportaje, en el noticiero de televisión, no es la realización de una
investigación que explora diferentes pistas sino el relato de un hecho
cualquiera mostrado como algo fundamental. Es una visión del mundo sin
otra alternativa, que trata de dar una apariencia de objetividad. El
presentador dice lo que es, y el reportaje lo muestra. Y es ahí
precisamente que la imagen peca por su falta de sentido, y que el
comentario parece convertirse en palabra divina. «He aquí el mundo»,
nos dice el presentador, «y he aquí la prueba», continúa el reportaje.
Y ¿cómo poner en duda la prueba si nos la ponen ante nuestros
asombrados ojos? La realidad se construye entonces sobre la anécdota,
en vez de construirse sobre un conjunto de hechos más o menos
contradictorios que permitan mirar una situación en un intento de tener
de ella una visión global para poder dar después un análisis.Las consignas

Todo
esto se relaciona con la lógica de difusión de la moral. El noticiero
de televisión, como casi todos los medios, es un órgano de difusión de
las consignas del momento. Nunca discute el sistema, parece como si ni
siquiera conociera su existencia, pero destila constantemente las
órdenes de la clase dominante. El noticiero de televisión forma parte
de ese «servicio público», al que se refiere Guy Debord en sus Commentaires sur la société du spectacle [Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Nota del Traductor.], «que [administra] con
un “profesionalismo” imparcial la nueva riqueza de la comunicación de
todos mediante los medios masivos de difusión, comunicación que ha
alcanzado al fin la pureza unilateral, en la que se no obliga a admirar
pasivamente la decisión ya tomada. Lo que nos comunican son
órdenes; y, muy armoniosamente, quienes han impartido esas órdenes son precisamente los mismos que nos dirán lo que piensan de ellas» [4] .

El
noticiero de las 8 p.m., surgido de una sociedad en la que se ha
destruido la memoria, transmite las consignas, como en toda forma de
acondicionamiento, mediante la repetición permanente y cotidiana. Las
historias que nos cuentan parecen diferentes entre sí, cuando en
realidad son todas similares. Todo en ellas se repite, noche tras
noche, constantemente, y a todos los niveles. Sólo cambian los nombres
y los rostros. Pero la película es siempre idéntica. Nos muestran un
presente perpetuo y que permite ocultar todos los movimientos del
poder. Si ya no se muestran las evoluciones, es porque ya no tienen
vigencia. El noticiero de televisión divulga por tanto la moral
burguesa (cristiana y capitalista) en un bloque compacto. Es un vómito
largo y lento que se escurre, diluido y diseminado durante toda la
duración del noticiero de las 8 p.m. Y que comprende varias formas de
difusión:

La acusación.
Es constante, y generalmente la enuncian los «testigos», lo cual
permite hacerle creer al periodista que ha mostrado una «opinión» y que
por tanto ha presentado una visión objetiva de la situación. Un
incendio destruye una casa, y es porque los bomberos deberían haber
llegado antes. Un violador ha salido de prisión porque tenía derecho a
una reducción de la condena, y es porque la justicia no funciona bien.
Un gobierno se niega a plegarse al ultimátum de Occidente, y se trata
de una dictadura, de un país subdesarrollado donde se mezclan la
estupidez y la barbarie, y, mejor aún, donde la censura amordaza a los
opositores, que a su vez están necesariamente de acuerdo con los puntos
de vista de Occidente pero no lo pueden decir. El objetivo es siempre
encontrar alguien a quien condenar para recordar lo que está «bien» y
lo que está «mal» y poder aplicar toda la semántica cristiana del
«perdón», de la «decadencia», etc.

La evidencia.
Utilizada sobre todo para zanjar sin discusión las cuestiones
económicas, esta consiste en divulgar los dogmas o las decisiones
gubernamentales sin ponerlas jamás en tela de juicio. Este es el caso,
por ejemplo, del «crecimiento», que constituye siempre la vía necesaria
para la supervivencia que nunca se pone en tela de juicio y cuyas
cifras nos anuncia el presentador con cara de catástrofe: «el
crecimiento será sólo de 1,2% este año, según los expertos»…

La hagiografía.
Al igual que la misa, el noticiero de televisión tiene que hablar de
sus santos. Así nos ofrecen el retrato de alguien que «ha triunfado»,
ya sea porque acaba de fallecer, porque «ha ganado en todo», porque «se
hizo a sí mismo», etc. Es el prisma de la excepción que establece el
modelo a seguir suscitando admiración y respeto. «Esto es lo que usted
no ha logrado ser, lo que usted debería ser, lo que usted nunca llegará
a ser y lo que usted por consiguiente debe adorar», nos repite
constantemente el noticiero de televisión.

El vecindario.
Particularmente eficaz. El objetivo es decir que «Francia es el último
país de Europa en abordar este asunto». Es el mecanismo que rige la
sociabilidad de base, la pertenencia al grupo mediante la imitación,
mediante la reproducción de lo que parece hacer o de lo que parece ser.
El presentador nos dice entonces: «Ellos hacen esto. ¿Por qué nosotros
hacemos otra cosa?», presuponiendo que nuestra manera de actuar es
necesariamente menos adecuada. «En Estados Unidos, trabajar después de los 65 años no representa ningún problema».
No se hace nunca el más mínimo análisis de los puntos positivos y
negativos del sistema del vecino. Se nos ofrece únicamente una mirada
«objetiva», que nos dice: «Esto es lo que hacen allá, y por eso es
mejor que aquí».

El folklore.
Aquí es cuando nos presentan, con una sonrisa en los labios y con la
indulgencia con la que se mira al artista que puede parecernos un poco
loco pero que a fin de cuentas no le hace daño a nadie, a la gente que
vive de forma un poco diferente. Es única y exclusivamente en este tipo
de tema que el presentador subraya el carácter «excepcional» de las
personas que nos van a presentar, como para disuadirnos de actuar como
ellas.

Esto no son más que algunos ejemplos.Anécdota y fatalidad

Dos
formas de representación del mundo caracterizan principalmente el
noticiero de televisión, y constituyen los dos movimientos principales
de difusión de las consignas: la anécdota y la fatalidad.

La anécdota
aparece al principio de cada tema. Todo parte del hecho en particular,
del hecho específico del día, y se extiende hacia el problema más
amplio que este parece contener en sí mismo, o que los periodistas
hacen como si creyeran que lo contiene. Es una retórica particular que
encontramos hoy en la base de todo discurso político o periodístico,
una inversión de la lógica, del desarrollo efectivo de la demostración
y del análisis del mundo: ahora es la excepción lo que explica la
regla, lo que la construye. Todo parte del hecho particular para
prolongarse, como si este último contuviera en sí mismo todas las
causas y todas las consecuencias que han dado lugar a la situación más
general que se supone que demuestra. El noticiero de las 8 p.m. no se
preocupa jamás por describir fenómenos endémicos, o los saca siempre de
la cadena de hechos que los han llevado a la situación actual. Es una
necesidad dialéctica lógica para quien quiere transmitir las consignas
sin tomarse el trabajo de explicarlas, lo cual le obliga a complicar
todavía más su propia demostración y le lleva a darse cuenta de que las
cosas son menos simples de lo que él trató de hacer creer. Para que las
consignas sean divulgadas eficazmente, no se puede dejar abierta la
posibilidad de contradecirlas. Por tanto, más vale no explicar nada. De
todas formas, como ya dijimos anteriormente, el objetivo no es que la
gente entienda, sino que aprenda.

La fatalidad,
por su parte, mece el conjunto del noticiero de televisión. Los hechos
suceden por causa de una desgracia fortuita, de un azar distraído que
por desgracia afecta siempre a los mismas (personas, naciones…). Es un
lamento constante: «si los bomberos hubieran llegado antes», «si el
violador no hubiese salido de prisión», «si África no fuera un
continente pobre y corrupto», etc. La fatalidad es el basamento de toda
religión ya que permite no tener nunca nada que justificar y porque
recuerda el deber de sumisión ante la trascendencia, ya que siempre
estamos «por debajo». La fatalidad equivale a repetir permanentemente
una especie de condena, y agrega con amargura (aunque no siempre): «las
cosas son así». El sistema se regula a sí mismo y es «el mejor sistema
posible», el hombre es un ser «malo» y se pasa la vida «cayéndose» y
«volviéndose a caer» a pesar de todos los intentos por «perdonarlo», el
pobre es responsable de su propia situación porque es demasiado
perezoso para buscar soluciones y aplicarlas, incluso hasta cuando se
le da la solución, etc. Es un suspiro constante, un llamado permanente
a la impotencia y a la sumisión ante el sufrimiento. El mundo gira y
nada podemos hacer…

Una vez
terminada la transmisión de las consignas, el mensajero divino se
despide de nosotros, concluyendo el sermón del día y sin olvidarse
nunca de citarnos para el día siguiente a la misma hora. Y luego,
desaparece. Mientras recoge los papeles que demuestran su seriedad, la
cámara se aleja de él, la penumbra se hace más intensa y se funde poco
a poco con el mismo tipo de música que dio inicio a la ceremonia


[1]
Patrick Poivre d’Arvor, reconocido como la estrella del periodismo
francés, no tiene el carnet de periodista porque sus principales
ingresos no provienen del periodismo sino de sus actividades como
consejero y de sus escritos.

[2] informaciones mencionadas en el noticiero de las 8 p.m. del canal France 2 correspondiente al lunes 6 de agosto de 2007.

[3] Stephane Breton, Télévision, Hachette Littérature, 2005.

[4] Guy Debord, Commentaires sur la société du spectacle, Gallimard, Folio, 1996.

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