Mural “sueño y pesadilladel Poder” guia iconográfica

 “Sueño y pesadilla del Poder”
(Guía iconográfica colocada al pie del mural)

Esta obra mural, pintada al fresco, intenta un retrato del Poder; es también una reflexión artística dedicada al movimiento zapatista que, a partir del 1º de enero de 1994, con su lucha, cargada de imaginación política, ha sacudido a millones de conciencias en México y el mundo.

El primer tablero es una alegoría que sintetiza lo que temáticamente se desarrolla en el conjunto del mural: aspiraciones mezquinas, rastreras, de grupos poderosos al servicio del capital, que tratan de impedir, y en buena medida lo consiguen, el reencuentro de los pueblos con su esencia humana. Las serpientes que se enredan esforzándose por alcanzar a una paloma en vuelo se resuelven en una imagen que hace referencia al movimiento dialéctico de fuerzas sociales antagónicas.

En el faldón arqueado del muro norte está el Poder en su figura más elemental: es el cazador que, para dar confianza a su futura presa, se aproxima a ella mostrándose como su semejante, ocultando su verdadera naturaleza e intenciones. ¿Quién no ha visto desde siempre a poderosos políticos, en actos protocolarios, vestirse a la usanza de los débiles y actuar como ellos, sin otro fin que mantenerlos sometidos? El jaguar-pueblo con su inocencia y ausencia de malicia no está inerme, tiene garras, experiencia milenaria y una fuerza poderosa que encierra la posibilidad de su liberación.

En el muro oriente del cuadrángulo interior, abren el discurso pictórico las míticas figuras de Ik’al y Votán, dioses mayas que, sentados e integrados en su existencia dual de luz y oscuridad, disertan sobre la necesidad de la pregunta como actitud generadora de movimiento. A su lado, en formación amenazante, dispuestos para el ataque, televimonstruos –hombres que por cabezas tienen monitores-, integran el ejército del Poder. El capital, alma y razón de ser del poderoso, llena en forma de ojo vigilante una pantalla de televisor. El Poder, en forma de gigantesco decapitador, sostiene la espada genocida con una mano, mientras que con la otra sujeta la más reciente adquisición de su delirio; colecciona cabezas, mentes, voluntades. Plantada sobre un zompantli, la monumental bestia medusina da fe de sus aspiraciones de dominio eterno mientras que un espejo fragmentado nos enlaza con la escena que muestra el comienzo de su pesadilla: el dolor punzante que le infringen las flechas de los rebeldes zapatistas y la acción humanizadora de nuestro erotismo. El poder del capital nos quiere controlables como un televisor y útiles como una computadora, pero el amor y la rebeldía de los pueblos lo sumen en la pesadilla.

El muro sur contiene la escena de “La asamblea”. Allí aparece como contrapunto temático la resistencia de los desposeídos a seguir siendo usados como carne de explotación, como materia al servicio de las necesidades de ganancia de los señores del dinero; los hombres y mujeres allí reunidos, en su mayoría desnudos, atrapan o hacen surgir un trozo de mar, reconociendo en él la vida en sus orígenes y la certidumbre de que ésta debe ser vivida con dignidad y placer; al fondo, entre una construcción en proceso, Ik’al y Votán danzan festejando el movimiento. El pueblo juega, sueña aún y, aunque con dificultad y bajo continuas amenazas, se organiza y lucha. El niño y la mujer del primer plano quieren sugerir que la continuidad del movimiento liberador está garantizada.

En el tablero poniente está el sueño, o la construcción de la utopía; a las grandes figuras que yacen sobre la arquería las envuelven pesadas nubes que no son otra cosa que los sueños de los dioses. Los pueblos sueñan y su soñar es el anhelo colectivo de un mundo mejor. El viejo Antonio, maestro del subcomandante Marcos en la selva Lacandona, un día le dijo a éste que “cuando los hombres y mujeres verdaderos dicen ‘vamos a soñar’ dicen y se dicen ‘vamos a luchar’”.

 

Palabras de Antonio Ramírez en la inauguración del mural

"Sueño y pesadilla del Poder"

Me gustaría rememorar lo vivido entre estos muros allá por la segunda mitad del año 2000. Pero más me agradaría reflexionar un poco con ustedes sobre algunos puntos alrededor de esta experiencia. Para empezar, debo aclarar que no soy lo que se dice un muralista de carrera. En realidad, aunque como pintor crecí en el trabajo de caballete, desde muy joven aspiré a probarme en el mural, pero para realizar esta actividad se requiere, entre otras cosas, del conocimiento de técnicas que probadamente sean adecuadas y garanticen ser perdurables, y sí, también se requiere que los responsables de los edificios que tienen una función pública, hagan el encargo al pintor; ambos requisitos -sobre todo este ultimo-, no son fáciles de satisfacer.

Es bien sabido que las llamadas escuelas de arte, al menos en nuestro país, no están para fabricar pintores en serie… y mucho menos muralistas. Cuando el pintor muralista se da, es resultado de un proceso de maduración de una experiencia plástica y social; es entonces cuando se le puede presentar a éste la necesidad de plasmar su visión del mundo en imágenes plásticas que piden ser socializadas de manera contundente, más directa. Por mi parte, a partir de los años 70s pinté no pocos murales de carácter efímero en condiciones de incomodidad extrema sin más recursos que unas brochas gordas, pinceles de cerda y pinturas vinílicas, además de una buena dosis de adrenalina, a causa de posibles desalojos por parte de la fuerza pública.

Años después de un fallido intento de realizar un mural no efímero en el D.F. y de ínumerables trabajos plásticos callejeros, en 1998 desempolvé unos textos de la técnica del fresco que tenía por allí y me dije: ¿por qué no, por puro gusto, estudiar esto y tratar de hacer una serie de paneles transportables? Entonces se sumaron a mi interés el maestro José Salazar y mi hijo Camilo. Creamos una especie de pequeño seminario, y fuimos acumulando dudas sobre dudas aunque, después de 2 años de repetidos frentazos, obtuvimos resultados satisfactorios. La viveza y la vibrante luminosidad del pigmento obtenida en su integración a la argamasa de cal y polvo de mármol, nos dejaron fascinados. Fue por esa época que se me propuso la ejecución de este trabajo, mismo que nos tomó 200 días de nuestras vidas, días de fuertes tensiones, por la gran responsabilidad que implica una obra de esta naturaleza, pero también de intensos goces proporcionados por el trabajo libre. Después de una experiencia como ésta, no deja de asaltarlo a uno la pregunta de ¿por qué en la actualidad ya casi no se pinta mural con intenciones de que permanezca , y mucho menos, al fresco? Siendo honesto, debo decir que la respuesta que doy a está pregunta es pesimista: pienso que a la necesidad de darle forma de mural a la expresión artística la precede una mínima conciencia social; esto es lo que impulsa al pintor a intentar una propuesta plástica más contundente y visible, pero, por desgracia, para la mayoría de los artistas plásticos de nuestro tiempo es más fuerte la necesidad de búsqueda del éxito y del mercado. En México, el pintor fue por mucho tiempo la imagen viva del hombre crítico de la realidad social, imagen que paulatinamente se ha ido extinguiendo. Esta figura difícilmente cabe ya en el paisaje. La percepción general del pintor que tengo ahora, es la del productor de cuadros que a toda prisa quiere hacer una obra con el menor esfuerzo posible, tanta prisa como la que le empuja a buscar el reconocimiento y a vender en dólares. Esta actitud la favorecen los espejismos de la tecnología actual que lo "resuelve" todo: dibujo, composición, color… promoción y venta. Ante tal situación no es extraño, por supuesto, que deje de recurrirse a técnicas que requieren de paciencia y rigor, como es el caso del fresco.

Para terminar quiero decirles que hace casi 5 años, cuando nos trasladamos a esta ciudad para realizar el mural, los que integramos el equipo de trabajo -José Salazar, Camilo Ramírez, Antonio Loredo, Jacobo Ramírez y yo-, cargábamos con un gran bagaje de preocupaciones técnicas y artísticas, pero sobre todo sentíamos, y sentimos ahora, una fuerte responsabilidad para con la gente a quien está dedicada esta obra, la gente común, los hombres y mujeres del pueblo a quienes el movimiento zapatista (nuestro inspirador) ha invitado, con su ejemplo, a soñar; es decir, a luchar… y esa responsabilidad que asumimos, no es poca.

Zapotlán el Grande, a 16 de marzo de 2005

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