De semillas, manzanas, palestinos, zapatistas, resistencia y rebeldías.

Los custodios de la semilla
(Poema palestino)


Incendiad nuestra tierra
quemad nuestros sueños
arrojad ácido a nuestro canto
cubrid de polvo
la sangre de nuestra  gente masacrada
cubrid con vuestra tecnología
las voces de todos lo que es libre
selvático e indígena
destruid
destruid
nuestra hierba y nuestro suelo
derribad nuestras fábricas y todos los pueblos
construidos por nuestros antepasados
cada árbol, cada casa
cada libro, cada ley
todo lo que es
justo y armonioso
arrasad con vuestras bombas cada valle
borrad con vuestra imposición
nuestro pasado, nuestra literatura, nuestras metáforas
despojad la selva
y la tierra
hasta que ningún insecto
ningún pájaro
ninguna palabra
puedan encontrar ya un rincón donde esconderse
haced esto y aún más
no tengo miedo de vuestra tiranía
no me desesperaré jamás
porque conservo una semilla
un pequeño germen vivo
que custodio
y plantaré de nuevo.

 

Traducción de Susana Merino
"Il granello di sabbia" nº 135

 

Los zapatistas y las manzanas

Subcomandante Insurgente Marcos

Dice Durito que la vida es como una manzana.

Y dice también que hay quienes la comen verde, quienes la comen podrida y quienes la comen madura.

Dice durito que hay algunos, muy pocos, quines pueden elegir cómo se comen la manzana: si en un hermoso arreglo frutal, en puré, en uno de esos odiosos (para Durito) refrescos de manzana, en jugo, en pastel, en galletas, o en lo que dicte la gastronomía.

Dice durito que los pueblos indios se ven obligados a comer la manzana podrida y que a los jóvenes les imponen la digestión de la manzana verde, que a los niños les prometen una hermosa manzana mientras se las envenenan con los gusanos de la mentira, y a las mujeres les dicen que les dan una manzana y sólo les dan media naranja.

Dice Durito que la vida es como una manzana.

Y dice también que un zapatista, cuando está frente a una manzana, le saca filo a la madrugada y parte la manzana, con certero golpe, por la mitad.

Dice Durito que el zapatista no intenta comerse la manzana, que ni siquiera se fija si la manzana está madura, o podrida, o verde.

Dice Durito que, abierto el corazón de la manzana, el zapatista toma con mucho cuidado las semillas, va y ara un pedazo de tierra y las siembra.

Después, dice Durito, el zapatista riega la matita con sus lágrimas y sangre, y vela el crecimiento.

Dice Durito que el zapatista no verá el manzano florecer siquiera, ni mucho menos los frutos que dará.

Dice Durito que el zapatista sembró el manzano para que un día, cuando él no esté, alguien cualquiera pueda cortar una manzana madura y ser libre para decidir si se la come en un arreglo frutal, en puré, en jugo, en un pastel o en uno de esos odiosos (para Durito) refrescos de manzana.

Dice Durito que el problema de los zapatistas es ése, sembrar las semillas y velar su crecimiento. Dice Durito que el problema de los demás seres humanos es luchar para ser libres de elegir cómo se comen la manzana que vendrá.

Dice Durito que ahí está la diferencia entre los zapatistas y el resto de los seres humanos: Donde todos ven una manzana, el zapatista ve una semilla, va y prepara la tierra, siembra la semilla, la cuida.

Fuera de eso, dice Durito, los zapatistas somos como cualquier hijo de vecina. Si acaso más feos, dice Durito, mientras de reojo mira cómo me quito el pasamontañas.

Subcomandante Insurgente Marcos
Desde alguna madrugada del Siglo XXI

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