Un café con sabor a rebeldia

Un café con sabor a rebeldia
di Luis Hernandez Navarro

mercoledì 14 gennaio 2004, da esther

http://www.globalradio.it/article.php3?id_article=1434

Hace ya casi 25 años el campo cafetalero estaba alborotado. Marchas y plantones por mejores precios para el aromático se sucedieron unas a otras en Chiapas, Veracruz, Guerrero y Oaxaca. En una de ellas un grupo de campesinos le dijo a uno de sus asesores:

-   Oye, nos enteramos que te marchas p’al otro lado.

-   Si -respondió él, extrañado- Voy a Nueva York ¿Por qué?

-   Pos pa’ que aproveches -reviraron- y ya que vas a andar por allí, busques a la Señora esa de la Bolsa, la que fija el precio de nuestro café, y le digas que no la chingue, que nos pague lo justo.
En distintos momentos en sus pueblos y ejidos los pequeños productores habían escuchado como la Bolsa de Valores era el lugar donde la oferta y la demanda se encontraban y regulaban, y como el precio del aromático no se decidía en México, sino en Nueva York, que era el principal mercado de cafés arábigos en el mundo.
En esas reuniones se había mostrado una foto del edificio de estilo clásico, sede del reino cafetalero, ubicado en la gran urbe del Norte, en la que podía verse la fachada principal del inmueble con seis grandes columnas de estilo Corintio sirviendo como soporte de una enorme escultura. La obra de arte se llama "La Integridad protegiendo la Obra Humana". En ella aparece, al centro, una mujer vestida con toga, capa y un gorro alado -emblema de Hermes, dios del comercio y de los ladrones entre los antigüos griegos- que representa la Integridad, acompañada, en su costado izquierdo por figuras humanas que simbolizan la Ciencia, la Industria y la Invención, y, del lado derecho por alegorías de la Agricultura y la Minería. Esa era la Señora de la Bolsa, la culpable de la miseria campesina.
Como se sabe, a pesar de las intenciones de los artistas que la esculpieron, Doña Bolsa está muy lejos de la Integridad y demasiado cerca de Hermes, el dios de los comerciantes y los ladrones. Y como no hay forma de que la Dama en cuestión renuncie a sus vicios y compañías, los pequeños productores no tuvieron de otra más que buscarle por otros lados, y, no pocos de ellos, después de andar por muchos otros caminos, decidieron levantarse en armas en el Sureste mexicano.
Pero no sólo dijeron ¡Ya Basta! con los fierros. También se organizaron para darse sus propias leyes, gobernarse a si mismos, educarse, cuidar su salud, garantizar el basto y practicar la autogestión. Para hacer realidad sus sueños.
Como se sabe, el café no sólo quita el sueño sino que también lo estimula; sirve para no dormir pero no necesariamente para dejar de soñar. Detrás de una humeante taza de aromático se pueden imaginar los más audaces planes, los más atrevidos sueños. Los cultivadores no necesitan salir a cazar los sueños de los desvelados porque entre ellos, de por si, hay muchos soñadores expertos. Los caficultores zapatistas lo saben. Ellos lo son. Y como la Señora Bolsa no escucha razones se han asociado entre sí y con los consumidores solidarios del primer mundo, para hacer que oiga la fuerza de su unión. No ha sido en vano. Contra toda la lógica del mercado, han tenido victorias, como la de crear su propia marca de café, gourmet y orgánico, que se vende no sólo en México, sino también en países de Europa y Estados Unidos. Es un grano nacido de la rebeldía. Crecido sin explotación, ni sangre, ni destrucción del medio ambiente. Un café rebelde, pues.
Hoy, esos pequeños productores indígenas no tienen que esperar a que alguien más vaya a Nueva York a ver si, ahora sí, puede entrevistarse con la Señora Bolsa, la que fija los precios, para tratar de convencerla de que deje de chingarlos y de beneficiar a los especuladores. Ellos han logrado cosechar un producto que se vende al precio de su valor. Han tomado el destino de sus vidas en sus manos. Han comenzado a hacer realidad otro mundo, uno basado en la solidaridad y la cooperación, y no en la competencia.
¡Salud al café de la dignidad!
¡Salud a los diez años de la rebelión!

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